PASTORES
CON OLOR A OVEJA
Alguna vez alguien dijo que la vejez es como
“una isla rodeada en un mar de recuerdos”. Esta vez me voy a entregar a la
nostalgia y prometo no reincidir en el intento
Por Rafael Luis Gumucio Rivas
En Reflexión
y Liberación –Public. 5/3/16
La noche última, muy
dolido por la crisis de la Iglesia y de otras instituciones de mi país y,
parafraseando a Miguel de Unamuno, podría decir que “me duele Chile”. La
historia demuestra que, luego de las graves crisis institucionales asoman, en
muchos casos, personajes monstruosos – Silvio Berlusconi, en Italia, el cómico
y medio militarista, en Guatemala, y para qué seguir -. No es cierto que
todos los jueces cometan prevaricación; que todos los políticos sean corruptos
y ladrones; que todos los curas sean pedófilos y chupamedias de los ricos; es
casi seguro que “el poder corrompa y que el poder absoluto corrompa
absolutamente” pero, por regla general, en cada una de estas instancias siempre
encontramos personas honestas e, incluso, proféticas.
En
mi búsqueda de anoche, releí el poema de mi tío, el Padre Esteban Gumucio
Vives, La Iglesia que yo amo, y se me vino a la memoria un
sinnúmero de recuerdos de mi infancia: mi abuelo y mi padre, dos políticos
honestos a toda prueba, terminaron sus vidas pobres; ambos hombres representan
una evolución en la línea política de los cristianos, desde el Partido
Conservador hasta los cristianos revolucionarios; ambos pagaron con el exilio
la consecuencia de sus principios antimilitaristas y defensores genuinos de la
democracia. Mi padre murió con su corazón a la izquierda y con posiciones
bastante radicales de crítica a la Concertación por la obsecuencia ante el
mundo del dinero y las transacciones con la derecha.
El
Padre Esteban Gumucio, en ese entonces Provincial de la Congregación de los
Sagrados Corazones que administraba colegios para ricos – yo estudié en el de
Alameda, con muy malos resultados académicos -el padre Esteban bien
habría podido tomar el camino fácil del poder jerárquico- obispo,
cardenal, pero optó, junto a otros sacerdotes entre ellos, mi recordado
amigo, el teólogo de la Cristología, Ronaldo Muñoz, por vivir entre los
más pobres de los pobres, en la población Joao Goulart, en Santiago, en una
casa muy sencilla.
Mi tío Esteban llegó a identificarse y hasta casi
mimetizarse con sus compañeros pobladores -mi madre, Marta Rivas, un poco
clasista, cuando era invitado a su casa, le preparaba la tina con esencias para
que “se sacara el olor a roto”-.
La
Iglesia Católicas que yo conocí era la antítesis de la de Juan Pablo II,
la de la restauración conservadora. En las décadas del 60 y 70, cada día nos
llegaban noticias más sorprendentes: en las Conferencias Episcopales
de Medellín y Puebla, la Iglesia se identificaba con los
pueblos latinoamericanos y tomaba la evangélica opción por los pobres y emergía
la teología de la liberación, hasta ahora con grandes teólogos como Leonardo
Boff, Gustavo Gutiérrez, Ronaldo Muñoz, José Comblin, Ernesto Cardenal, y
tantos otros, instancias a las cuales hay que agregar el Concilio Vaticano II,
convocado por Juan XXIII, que abrió las puertas y ventanas al mundo
contemporáneo.
A
gran parte de mi generación nos movilizó el diálogo entre marxistas y
cristianos en pos de la liberación de los pobres y oprimidos – en mi Partido,
La Izquierda Cristiana, nos inspiraba la muerte testimonial del sacerdote
colombiano Camilo Torres, como también el martirio Óscar Arnulfo Romero, en San
Salvador – y en Chile, la Iglesia Católica se identificó con las víctimas de la
tiranía y no con los esbirros del tirano Pinochet, y se constituyó en la voz de
los sin voz.
El
daño que ha causado la restauración, llevada a cabo durante el papado de Juan
Pablo II, cuya tarea era destruir todo vestigio de teología de liberación y de
comunidades cristianas de base, ha sido inconmensurable, sin embargo, en la
clandestinidad y la persecución, la teología de la liberación siga viva gracias
a algunos sacerdotes que ejercen su apostolado entre los más pobres, como son
los casos del Padre Felipe Berríos, José Aldunate, Mariano Puga y muchos
otros que trabajan desde el anonimato por el Reino.
Junto
a la mafia, a los pastores de los ricos, a las miserables intrigas, a la
protección de los victimarios – curas pedófilos como Karadima, O’Reilly y
otros, encubiertos por la jerarquía de la Iglesia -al obispo de Osorno-
rechazado por su digna comunidad, están los profetas de la esperanza y el
compromiso por los pobres, los sacerdotes fieles al cristianismo, que debe ser
siempre la utopía de la igualdad entre los hombres, y la negación radical del
reinado de “Mamón”.
El
Padre Esteban Gumucio, como buen poeta, retrata muy bien la Iglesia que
Jesús quiere de los pobres:
“Amo a la Iglesia perseguida y clandestina,
Que no vende su alma al dinero omnipotente.
Amo a la Iglesia tumultuosa
Y a la Iglesia del susurro de cantos milenarios.
Amo a la Iglesia testimonial
Y a la Iglesia herida de luchas interiores y exteriores…
A la Iglesia de los postergados.
A la Iglesia de la multitud de marginalizados.
No quiero una Iglesia de aburrimiento,
Quiero una Iglesia de ciudadanía
De pobres en su casa
De pueblos en fiesta
De espacios y libertades…
La Iglesia de los borrachos sin remedio,
De los divorciados creyentes,
De las prostitutas
Que cierran su negocio
El triduo santo.
Amo la Iglesia de lo imposible…
Amo a la Iglesia del derecho y del perdón.
Amo a la Iglesia de Jesucristo”
En
otro poema, dedicado al Cardenal Raúl Silva Henríquez, escribe:
“No es príncipe de salones
Ni respira bien perfumes de protocolo;
Se aburre en los pasillos de las embajadas;
Prefiere el compartir sencillo
De unos pocos
Y el trabajo incansable de la Iglesia.
Por los esteros de Chile
Un Cardenal pescador iba cogiendo sus peces,
Iba sonriendo a Dios”
¡Qué
contraste con los dos cardenales (Ezzati y Errázuriz) tan buenos para
rajar al prójimo!
Por
mi parte, no pretendo ser autorreferente, en consecuencia, pido disculpas por
haber dedicado esta columna al recuerdo de mi familia. Personalmente, me siento
muy lejano de poseer las virtudes de los santos varones hoy mencionados.
Rafael
Luis Gumucio Rivas
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