“Perú: ¿Paz y
reconciliación?”
En Celag
–public. 6/10/16
Los intentos de
“Acuerdo de Paz” no solo fueron imaginados para Colombia, sino también para
Perú. En ambos, países –por circunstancias disímiles- la lógica de la guerra
frente a las insurgencias se impone. Durante la década del fujimorato y de la mano del entonces
asesor de inteligencia Vladimiro Montesinos, la insistencia por enfatizar el
conflicto constituyó una forma de acumular poder, ganar legitimidad y,
sobretodo, una fuente de negocios.
Sendero
Luminoso, luego de la captura de Abimael Guzmán el 12 de setiembre de 1992, no
volvió a ser el mismo. Su llamado al “acuerdo de paz” fue una salida obligada,
en parte para salvar la vida de su líder, ante la inminente derrota militar a
manos del ejército y de las propias milicias campesinas. Desactivado casi por
completo su funcionamiento militar, Sendero adquiría una relevancia no ya
bélica, sino política. La antinomia entre Estado y terroristas permitía dejar
de lado el debate sobre la corrupción y ensalzar la figura de Alberto Fujimori
como pacificador.
Montesinos,
ha enfrentado juicios por más de 60 cargos, que van desde tráfico de drogas,
hasta violaciones a los Derechos Humanos [1]. Destaca especialmente la venta
ilegal de armas, 10.000 fusiles AK-47 procedentes de Jordania y desviados, precisamente, a las Fuerzas
Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en 1999. Mientras tanto, Alberto
Fujimori publicitaba el “Plan Siberia”, afirmando que su gobierno había
desenmascarado el envío ilegal de las armas a las FARC. Años más tarde, el
proceso judicial demostró que dicho plan, presentado incluso desde una
conferencia de prensa, fue una farsa montada para ocultar la remesa del
cargamento que contaba con la complicidad de su gobierno, lejos, muy lejos de
las siete leyes del Bushido [2].