Traducción de “Faut-il renouveler le discours musulman, ou le réviser
complètement ?”, de La Fille de la Terre,* publicado originalmente en
Al-Watan (Syrie).
Las “primaveras árabes” fueron presentadas como auténticas revoluciones,
pero resultaron ser vulgares intentos de la CIA y la OTAN por entronizar a la
Hermandad Musulmana. Sus reveses en Egipto y Túnez, la destrucción cometida en
Libia y en Siria, así como los crímenes perpetrados en nombre de Dios por dicha
Hermandad, al-Qaeda y el Emirato Islámico, han promovido en el mundo árabe un gran
debate sobre la instrumentalización del islam con fines políticos. Para la
autora, una siria, una renovación de fachada del discurso religioso no es suficiente
y apuesta por una revisión total.
El
presidente egipcio Abdel Fattah al-Sissi no estaba errado cuando invitó a los
ulemas de la mezquita al-Ashar
a renovar el discurso religioso. Y señaló que tenían esa responsabilidad ante
Dios y el pueblo ya que la proliferación del pensamiento oscurantista y
destructivo que se dice portador de la bandera del islam es, en cierta forma,
resultado de la decadencia del papel de las autoridades religiosas, y muy
especialmente de la autoridad de al-Ashar, al-Zaytuna y al-Amui.
Esas
referencias religiosas a las “luces” eran la fuente de la influencia del vocabulario
de la lengua árabe, de quienes trabajaban por enriquecerla, de quienes se
oponían al fenómeno del abandono y de quienes sentían un fuerte apego a la
esencia del arabismo. Cierto número de escritores e intelectuales pagaron muy
caro, a lo largo de sus vidas, su profundo compromiso cuando Jamel Pacha
al-Safah los condenó, en 1916, por sus publicaciones en árabe y por su respaldo
a los derechos de la mujer y a la lucha contra la opresión del gobierno otomano.
A
mediados del siglo XX, la doctrina de los eruditos de al-Ashar, de al-Zaytuna y
de al-Amaui comenzó a perder fuerza poco a poco y dejó lugar al pensamiento
oscurantista, engendrado por el wahabismo e importado al Levante y el Magreb a
través de inmigrantes que habían trabajado en Arabia Saudita. Estos
contribuyeron a la difusión del sectarismo en nombre de la religión.
Importantes medios financieros, provenientes del reino del petrodólar, les
permitieron llevar a cabo esa empresa. A su regreso, se dirigieron a las
poblaciones desocupadas y concentraron sus esfuerzos en la construcción de gran
número de mezquitas, atrayendo hacia ellas a los necesitados y galvanizándolos
a fuerza de ideas destructivas y sectarias que nunca habían existido en nuestro
país y que nada tienen que ver con nuestra religión.
En
cuanto a lo que se ha dado en llamar “la primavera árabe”, ese proceso
representa el fenómeno más peligroso que se ha iniciado en esta vía, en la que
esas fuerzas oscuras han emprendido –con el pretexto de la difusión de la
democracia y a través de una iniciativa absoluta y clara– una lucha contra la
nación árabe y su historia, para acabar con su identidad cultural, con su
seguridad y su estabilidad.
Si
bien es urgente renovar hoy el discurso religioso de los ulemas de al-Ashar o,
para decirlo con otras palabras, regresar a los orígenes de la referencia
religiosa, o sea un regreso a un islam tolerante e ilustrado, representante de
la verdadera religión, no es menos cierto que no basta esa revisión para restaurar
la situación original en nuestras naciones maltratadas. Para sobreponernos a
las devastadoras consecuencias de esta primavera sionista, hay que emprender
una reflexión valiente para analizar todos los obstáculos en el plano
religioso, político, económico y social que han llevado nuestros países a la
situación en la que hoy se encuentran.