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martes, 24 de noviembre de 2015

ATENTADOS EN PARIS: EL REVES DE LA TRAMA


“Los atentados de Paris, la sombra de Argelia y las ventas de armas francesas a Arabia Saudí”

En SinPermiso, 22/11/15

París: la sombra de Argelia

No sólo uno de los atacantes se esfumó después de la matanza en París. Tres naciones cuya historia, acción –e inacción– ayudan a entender la carnicería cometida por el Isis han escapado en gran medida a la atención entre la casi histérica respuesta a los crímenes de lesa humanidad en la capital francesa: Argelia, Arabia Saudita y Siria.

La identidad franco-argelina de uno de los atacantes demuestra de qué modo la salvaje guerra francesa de 1956-62 en Argelia continúa infectando las atrocidades de hoy. La absoluta negativa a contemplar el papel de Arabia Saudita como proveedora de la forma más extrema del islam, la wahabita sunita, en la que cree el Isis, muestra de qué manera nuestros líderes aún rehúsan reconocer los vínculos entre el reino y la organización que atacó a París. Y nuestra falta total de voluntad de aceptar que la única fuerza militar regular en combate constante con el Isis es el ejército sirio –que lucha por el régimen que Francia desea destruir– nos impide aliarnos con los inmisericordes soldados que están en acción contra el Isis con mayor ferocidad aún que los kurdos.

Siempre que Occidente es atacado y nuestros inocentes perecen, caemos en borrar el banco de memoria. Por tanto, cuando los reporteros nos dijeron que los 129 muertos en París representaron la peor atrocidad perpetrada en Francia desde la Segunda Guerra Mundial, omitieron mencionar la masacre en París de hasta 200 argelinos que participaban en una marcha ilegal contra la salvaje guerra colonial francesa en Argelia, en 1961. La mayoría fueron asesinados por la policía francesa; muchos fueron torturados en el Palais des Sports y sus cuerpos arrojados al Sena. Los franceses sólo reconocieron 40 muertos. El oficial de policía a cargo era Maurice Papon, quien trabajó para la policía colaboracionista de Petain en Vichy en la Segunda Guerra Mundial y deportó a más de mil judíos hacia su muerte.

Omar Ismail Mostafai, uno de los atacantes suicidas en París, era de origen argelino, y acaso también lo eran los otros sospechosos identificados. Said y Cherif Kouachi, los hermanos que asesinaron a los periodistas de Charlie Hebdo, eran descendientes de argelinos. Procedían de la comunidad argelina en Francia, integrada por más de 5 millones de personas, para muchas de los cuales la guerra en Argelia nunca terminó, y que hoy viven en los barrios bajos de Saint-Denis y otros enclaves argelinos en París. Sin embargo, el origen de los asesinos del 13 de noviembre –y la historia de la nación de la que proceden sus padres– ha sido casi borrado de la narrativa de los horribles sucesos del viernes. Un pasaporte sirio con un sello griego es más emocionante, por razones obvias.

sábado, 17 de enero de 2015

¿DEBIERA RENOVARSE EL DISCURSO MUSULMÁN O HABRÍA QUE REVISARLO POR COMPLETO?


Traducción de “Faut-il renouveler le discours musulman, ou le réviser complètement ?”, de La Fille de la Terre,* publicado originalmente en Al-Watan (Syrie).[1]

Las “primaveras árabes” fueron presentadas como auténticas revoluciones, pero resultaron ser vulgares intentos de la CIA y la OTAN por entronizar a la Hermandad Musulmana. Sus reveses en Egipto y Túnez, la destrucción cometida en Libia y en Siria, así como los crímenes perpetrados en nombre de Dios por dicha Hermandad, al-Qaeda y el Emirato Islámico, han promovido en el mundo árabe un gran debate sobre la instrumentalización del islam con fines políticos. Para la autora, una siria, una renovación de fachada del discurso religioso no es suficiente y apuesta por una revisión total.


El presidente egipcio Abdel Fattah al-Sissi no estaba errado cuando invitó a los ulemas de la mezquita al-Ashar[2] a renovar el discurso religioso. Y señaló que tenían esa responsabilidad ante Dios y el pueblo ya que la proliferación del pensamiento oscurantista y destructivo que se dice portador de la bandera del islam es, en cierta forma, resultado de la decadencia del papel de las autoridades religiosas, y muy especialmente de la autoridad de al-Ashar, al-Zaytuna y al-Amui.

Esas referencias religiosas a las “luces” eran la fuente de la influencia del vocabulario de la lengua árabe, de quienes trabajaban por enriquecerla, de quienes se oponían al fenómeno del abandono y de quienes sentían un fuerte apego a la esencia del arabismo. Cierto número de escritores e intelectuales pagaron muy caro, a lo largo de sus vidas, su profundo compromiso cuando Jamel Pacha al-Safah los condenó, en 1916, por sus publicaciones en árabe y por su respaldo a los derechos de la mujer y a la lucha contra la opresión del gobierno otomano.[3]

A mediados del siglo XX, la doctrina de los eruditos de al-Ashar, de al-Zaytuna y de al-Amaui comenzó a perder fuerza poco a poco y dejó lugar al pensamiento oscurantista, engendrado por el wahabismo e importado al Levante y el Magreb a través de inmigrantes que habían trabajado en Arabia Saudita. Estos contribuyeron a la difusión del sectarismo en nombre de la religión. Importantes medios financieros, provenientes del reino del petrodólar, les permitieron llevar a cabo esa empresa. A su regreso, se dirigieron a las poblaciones desocupadas y concentraron sus esfuerzos en la construcción de gran número de mezquitas, atrayendo hacia ellas a los necesitados y galvanizándolos a fuerza de ideas destructivas y sectarias que nunca habían existido en nuestro país y que nada tienen que ver con nuestra religión.

En cuanto a lo que se ha dado en llamar “la primavera árabe”, ese proceso representa el fenómeno más peligroso que se ha iniciado en esta vía, en la que esas fuerzas oscuras han emprendido –con el pretexto de la difusión de la democracia y a través de una iniciativa absoluta y clara– una lucha contra la nación árabe y su historia, para acabar con su identidad cultural, con su seguridad y su estabilidad.

Si bien es urgente renovar hoy el discurso religioso de los ulemas de al-Ashar o, para decirlo con otras palabras, regresar a los orígenes de la referencia religiosa, o sea un regreso a un islam tolerante e ilustrado, representante de la verdadera religión, no es menos cierto que no basta esa revisión para restaurar la situación original en nuestras naciones maltratadas. Para sobreponernos a las devastadoras consecuencias de esta primavera sionista, hay que emprender una reflexión valiente para analizar todos los obstáculos en el plano religioso, político, económico y social que han llevado nuestros países a la situación en la que hoy se encuentran.