43191D

sábado, 27 de octubre de 2018

CAPITULO IV: LA 2ª DERROTA DEL MOVIMIENTO POPULAR CHILENO; 1986, EL AÑO BIFRONTE


LAS DOS DERROTAS RECIENTES DEL MOVIMIENTO POPULAR
CHILENO; SUS CONSECUENCIAS Y PERSPECTIVAS

En función de producir la necesaria discusión en el momento actual de la formación social chilena, es que publicamos un trabajo redactado por el destacado Compañero Juan Díaz.  Si bien dicha elaboración data de julio de 2002, pensamos que no ha perdido vigencia el análisis realizado.

Les invitamos a leer, a reflexionar, a mirar lo dicho a la luz del Chile 2018. Nunca será negativo retomar la vieja práctica de escribir, pues ello permite la circulación de las Ideas, siempre peligrosas para quienes quieren detener la Historia.

El proceso de Rearticulación en marcha requiere de insumos teóricos para desatar la discusión, necesita de escritos y por sobre todo busca la voluntad puesta en marcha.

Este Capítulo IV, al igual que el tercero, resulta imprescindible para comprender, de algún modo, cómo los efectos de la Segunda Derrota del MP se hacen presentes en la actualidad. 

BRIGADA DE PROPAGANDA MIR-REARTICULACIÓN LUIS BARRA GARCÍA
Octubre 26 de 2018

II        LA SEGUNDA DERROTA DEL MOVIMIENTO POPULAR CHILENO, 1986

En su conjunto, la modernización y la institucionalización del Estado contrainsurgente se propuso fundar un nuevo sistema de dominación burgués, diametralmente opuesto al que imperó en las décadas anteriores.  El nuevo sistema busca atomizar la organización y segmentar las demandas sociales, restringiendo al máximo el rol que tuvieron anteriormente los partidos políticos como mediadores entre las fuerzas sociales y el Estado.  Se trataba de reducir la participación ciudadana al ámbito local, fragmentando los movimientos sociales nacionales: era el municipio ( a través de los CODECOS) el que debía ejercer el control social y a la vez ser colchón a la presión social sobre el Estado.  Las “modernizaciones” apuntaban a un doble propósito: el imperio de la propiedad privada y del mercado, como reguladores de la vida social y al mismo tiempo romper el espíritu solidario y colectivo, fomentando el individualismo.  Esto se acompañó del bombardeo ideológico permanente, que exaltaba el progreso individual a través del trabajo, el consumismo como parámetro del éxito personal, la propiedad y riqueza particular como base de la seguridad, la competencia como arma de triunfo y la promesa de un futuro mejor al cual todos pueden acceder. La institucionalización aspiraba a construir una base de apoyo social mayor al régimen. La represión también tenía un dispositivo ideológico que la respaldaba y que es la propuesta de construir una “nueva democracia”, capaz de protegerse del enemigo interno.

El proceso de institucionalización descrito, impulsado por la dictadura, chocó con la transformación de la tendencia del reflujo popular que había imperado desde el golpe.  Desde fines del “77 la lucha por los DDHH adquirió fuerza con la primera huelga de hambre de los familiares de DD y PP, así como otras actividades de denuncia; se apreciaban signos de reanimación en el movimiento sindical (1° de mayo del “78) y se habían conformado las bolsas de cesantes, etc.  A partir de entonces se inició lenta y tímidamente un proceso de reanimación de masas que, acompañado de una activación de la resistencia clandestina, abrió paso una nueva etapa de remontamiento de la lucha antidictatorial.  No cambiaba el carácter contrarrevolucionario del período, pues la dictadura, fortalecida, se propuso avanzar en su institucionalización (conservando, como en todo el período, una favorable correlación de fuerzas); lo nuevo fue que el movimiento popular comenzó lenta pero gradualmente a retomar la iniciativa, a recuperar fuerzas, a desarrollar enfrentamientos tácticos más continuos contra la dictadura.

La recuperación económica y el propósito de la dictadura de avanzar a su consolidación fue percibido por sectores de izquierda como la “segunda derrota” del movimiento popular.  Fue justamente a partir de 1977 que la UP entró en su crisis definitiva.  La política de “Frente Antifascista”, que propiciaba una vez más una alianza con sectores, ahora opositores, de la pequeña y mediana burguesía (la “oposición burguesa”), no logró concretarse.  Surgió desde la UP una nueva corriente reformista, llamada “Convergencia Socialista” que, fuertemente influida por la socialdemocracia y el eurocomunismo, ganó influencia entre intelectuales, dirigentes y sectores del pueblo. El PS y el MAPU sufrieron una prolongada crisis que los llevó a sucesivos fraccionamientos.  El PC, replegado, encaró también contradicciones internas.  El MIR, recuperado del acoso y del cuasi aniquilamiento, se propuso remontar la resistencia popular más activa y la propaganda armada, enmarcando su accionar en el denominado “Plan 78”, de carácter estratégico-táctico; este destacamento, apoyándose en la reactivación del movimiento de masas desde el “81, comenzó a recomponer su inserción en diversos frentes sociales, principalmente a partir de los sectores más activos y decididos del movimiento popular.  La DC, bajo la hegemonía de un freismo desencantado de lo que esperaban del régimen, apareció como la única oposición un poco más activa y liderando la oposición burguesa.

En agosto de 1980 Pinochet anunció la realización de un plebiscito al siguiente mes, en que se sometería a consulta la constitución dictatorial. Esto produjo gran activación política en el país.  La DC convocó a participar en ese proceso votando por el NO y generó la expectativa, de amplios sectores de masas, de que con ello se infringiría una abrumadora derrota a la dictadura; se subordinó a la oposición burguesa el grueso de la izquierda.  El MIR y bases del PC y del PS, advirtieron que el plebiscito era un fraude, que la participación en él sólo contribuiría a legitimar al régimen y realizaron campañas de agitación a favor de la abstención y por el camino de la lucha consecuente.  El fraude se hizo efectivo, produciéndose un gran desánimo entre los expectantes del cambio.  La oposición burguesa, después de su fracaso, se inmovilizó y replegó, sin saber cómo encarar la nueva situación política.  Pero los sectores más avanzados del movimiento de masas no se replegaron; al contrario, su activación continuó.  Después del plebiscito, en algunos sectores de izquierda antes replegados, como el PC, se inició el viraje hacia una política rupturista, de aliento a la rebelión popular.  En este proceso tuvo una importante influencia la elevación de la resistencia armada y de masas conducida por el MIR, así como el triunfo de la revolución Sandinista y el avance de la lucha revolucionaria en Centroamérica.  La incorporación de combatientes del PC en Nicaragua dio paso, posteriormente, al FPMR.  Así, a fines de 1980 se comenzó a producir una dinámica de convergencia entre las políticas del MIR y la nueva línea del PC, que arrastró a bases del PS (dentro de Chile).

Pero las expectativas que se hicieron los partidos populares, de que el “81 sería un año de ascenso de la movilización y agitación social, se frustran a raíz del aumento de la represión dictatorial. Esta ofensiva combinó la acción represiva masiva (allanamientos en los Campamentos) y la selectiva, con medidas legales y demagógicas (50 mil subsidios habitacionales), tendientes a acentuar la división y atomización del movimiento popular. En este desalentador cuadro la convergencia entre los destacamentos de izquierda se rompe a principios del “82 y sólo siguen en la brecha el PS, el PC y el MIR, aunque en las palabras ya que la acción más unitaria se da recién en septiembre del “83, con el MDP.

En la segunda mitad de 1981 se desató una violenta crisis recesiva, que redujo la tasa de crecimiento global para ese año a 5.3% y que luego, en 1982, cayó a –14.1%. Los grandes grupos económicos habían aprovechado la alta oferta de créditos externos, haciendo ingentes ganancias gracias a la especulación financiera, la compra de activos inmobiliarios la expansión de los servicios, las importaciones y también el crecimiento de algunos rubros de exportación.  Pero la inversión productiva fue limitada y el endeudamiento externo, creciente, acumulándose así un desequilibrio financiero que hizo particularmente sensible la economía chilena a los vaivenes de la internacional.  Luego de la recesión e inflación del “81, con flujo externo en cesamiento y alta tasa de interés, la recesión se hace más cruda y violenta en 1982. El desempleo llega este año a 30.9% (datos oficiales que no contemplan la cesantía disfrazada); cayó igualmente la producción industrial; quebraron cientos de empresas; los agricultores no pudieron responder a sus deudas. El Banco Central protegió a los bancos impagos, cerrando luego dos de ellos e interviniendo cinco para salvar el sistema financiero. El “boom” económico se derrumbó y la crisis golpeó a toda la economía y sectores sociales. El bloque dominante entró en un proceso de desarticulación. Se fracturaron las relaciones de algunos de los grandes grupos económicos y el gobierno, perdiendo este la iniciativa  y estancándose su proceso de institucionalización. La oposición burguesa aprovechó con rapidez la nueva situación, recobrando una fuerte presencia nacional. A pesar de que con la crisis económica el descontento social creció enormemente, el movimiento popular no logró retomar la iniciativa hasta el segundo semestre del “82.

Entre 1983 y 1986, nuestro país vivió una etapa de aguda crisis nacional, en todos los planos, pero, al mismo tiempo, un período de enorme ascenso de las luchas populares antidictatoriales.

Durante 1982 el bloque en el poder se vió afectado por fuertes contradicciones y su base social de apoyo en la burguesía y en la pequeña burguesía se debilitó.  El régimen entró en una crisis política “por arriba”.  Los sectores de trabajadores y de la pequeña burguesía, aunque sufrieron más duramente los efectos sociales de la crisis económica, no se movilizaron de inmediato y hasta mayo del “83 fueron sólo los sectores más avanzados del movimiento popular los que manifestaron abiertamente su descontento.  Pero, desde mayo, en adelante, el descontento generalizado se transformó en la protesta activa y ofensiva de amplias masas.  Así, la crisis política iniciada “por arriba” pasó a profundizarse “por abajo”, adquiriendo el carácter de una Crisis Nacional que afectaba las relaciones de todos los sectores de la sociedad.

La crisis nacional cerró el período contrarrevolucionario y abrió paso a uno nuevo de la lucha de clases: un período de ascenso de las luchas populares.  Esta etapa no fue un proceso continuo y de acumulación de fuerza social antidictatorial siempre creciente. Más bien este proceso fue por oleadas, con ciclos de ofensiva y de repliegue populares, lo que dependía de la coyuntura y de las tomas de iniciativas por parte de los bloques en disputa: la dictadura, la oposición burguesa y el campo popular y sus aliados.

Por tanto, observamos una serie de ciclos de ofensiva popular en que se repetían, pero sobre nuevas bases cada vez, diversos factores de la coyuntura: llamados a paros productivos que más bien se traducían en jornadas de protesta y de paro cívico; la conducción de la movilización social pasaba de la oposición burguesa (Alianza Democrática) a la de los sectores populares y revolucionarios (MDP) y viceversa; cuando la movilización del pueblo y sus aliados era muy aguda la dictadura llamaba al diálogo a la oposición burguesa (OB), que constantemente fracasaban (ya que este sector no quería aparecer cediendo en toda la línea) y se proseguía el enfrentamiento; la dictadura lanzaba periódicas campañas de reactivación económica y de medidas populistas para frenar o dividir al pueblo; cuando se elevaba cualitativamente el nivel del enfrentamiento, la dictadura aplicaba el estado de sitio lo que, como contrapartida, traía aparejado el reflujo popular  Por otro lado, hubo factores que se fueron  haciendo una constante: la Alianza, que se había integrado por la DC, el PR, ex sectores del PN y cooptado a la llamada “izquierda renovada” –Bloque  y Convergencia socialistas -, se fue erigiendo en portavoz de las demandas democráticas que movilizaban al pueblo.  Otra constante fue que la actividad política de los partidos de izquierda (MDP) se fue haciendo más abierta, cupular, de dirigentes, no logrando generar una real unidad por la base y dando pie a que se fracturaran posteriormente, esto debido a que fueron incubando fracciones que dieron prioridad a la lucha pública y dentro de la legalidad, que se enfrentaban a los sectores más decididos en su interior que, contrariamente, bregaban por una franca confrontación a la dictadura, con el uso de todas las formas de lucha.

Entendemos tres ciclos de ofensiva popular: entre mayo del “83 y marzo del “84; entre junio y noviembre del “84 y entre mediados del “85 y el tercer trimestre del “86. 

El primero se inicia con el llamado a paro del 11 de mayo del “83, por parte de los trabajadores del cobre que, queriendo ser productivo, se transformó en una serie de protestas parciales, locales y sectoriales.  La gran activación del período sentó las bases para que se conformaran la Alianza Democrática, el Bloque Socialista y el MDP.  En este último, no todo fue de muy fácil desenvolvimiento, ya que en una reunión ejecutiva en México, su Coordinación planteó un programa con insuficientes medidas para esa etapa, las que fueron mejoradas posteriormente con el “Programa de 12 puntos” (comienzos “84), que planteaba todas las formas de lucha para acabar con la dictadura e implantar un orden socialista.  Las posiciones revolucionarias se vieron fortalecidas con la constitución del FPMR, a fines de este año, lo que vino a incrementar las acciones más ofensivas y armadas al régimen.  La dictadura, con toda la crisis encima, generó programas de incentivo económico y llamó al primer diálogo, fallido, a la AD, luego de las grandes protestas de agosto y septiembre.  El ciclo se agota a principios del “84, cuando la OB se impone en diversas organizaciones sociales y políticas, logrando bajar el perfil del enfrentamiento.

El segundo ciclo se inicia gracias a que la conducción es recuperada por el MDP, que conduce el vasto movimiento durante la mayor parte del año.  Surgió el MAPU Lautaro, como escisión del tronco histórico del MAPU.  El paro-protesta del 30 de octubre alcanzó ribetes de verdadera paralización del país y con acciones de protesta que incluyeron el sabotaje y la defensa activa de los sectores populares.  El impacto de estas jornadas llevó a EE.UU. a presionar al bloque dominante para que se facilitara el acuerdo interburgués, pero estando de acuerdo con la represión dictatorial e incluso con la imposición del estado de sitio de noviembre.  La vacilaciones en la oposición y con una pequeña burguesía más cerca de la OB (que a su vez, coqueteaba con la derecha con su fracasado Frente Cívico), llevaron al repliegue antidictatorial transitorio, con estado de sitio, hasta mediados del “85.  A su vez, se mantuvieron las contradicciones al interior del MDP y de sus partidos integrantes, entre las posiciones de subordinación a la OB  y los que planteaban el fortalecimiento de la alternativa democrático revolucionaria y la rebeldía antidictatorial.  Cabe destacar que la represión siempre era una constante y se expresaba de diversas maneras, masiva o individual, sobre todo dentro de estos períodos de excepción.

El tercer y último Ciclo se inicia con la movilización en contra del estado de sitio, conducida por el MDP y que sumó a sectores de la OB,  gremios de la pequeña burguesía, sectores de base de la Iglesia, etc.  El MDP captó bien estas dinámicas impulsando la acción común de la oposición frente a la situación de excepción y alentando las tendencias de la intransigencia democrática.  Así, desde julio en adelante, comenzó un nuevo ciclo.  Este, desde un comienzo, evidenció características que no tuvieron las anteriores olas de movilización popular.  Una de estas fue la tendencia a la ampliación de esa movilización de masas: las fuerzas sociales motrices continuaron siendo las mismas, pero se activaron sectores sindicales, se incorporaron importantes gremios profesionales, hubo movilizaciones de comerciantes y transportistas, también hubo signos de reanimación en algunos sectores rurales (mapuches, forestales y campesinos de la zona central).  Otra tendencia apuntó a que las masas articularon más estrechamente la lucha reivindicativa económica con la lucha democrática.  Otra fue la tendencia a la unidad y coordinación social antidictatorial.  Finalmente, la tendencia a la radicalización, que se expresó en la base de la OB y que se tradujo en que los sectores más consecuentemente democráticos de la AD y la DC ganaron un mayor peso..  Simultáneamente se produjo un creciente desarrollo de las actividades insurgentes, de autodefensa y milicianas.  El FPMR intensificó el ritmo de sus acciones, las que tuvieron gran repercusión.  El PC se propuso llevar adelante durante 1986, una política de carácter insurreccional, que se conoció como de “Sublevación Nacional” (luego se comprueba con el descubrimiento de las armas de Carrizal y el atentado al tirano).  El MDP acordó impulsar una política que llamó de “Levantamiento de Masas” y que apuntó a la preparación de un Paro Nacional para este año.  Al interior del MIR se enfrentaban dos visiones ya contrapuestas: los que estaban por la ofensiva final y de lucha más abierta y política al régimen y los que se planteaban la reconstrucción clandestina de su golpeada estructura, para dar paso a una lucha en diversos planos y de más largo aliento.  En general, en la izquierda se generó la expectativa que la nueva ofensiva popular podría llevar a la caída de Pinochet y del régimen y definió 1986 como el “año decisivo”.

No obstante, decayó la movilización luego del gran paro nacional, con características de paro insurgente, de julio de 1986.  Las causas fueron la gran represión dictatorial, la derechización de la OB que, dando por terminado el “Comité Político Privado, instancia de amplia representación y convocatoria, rompió con la izquierda y desalentó la movilización social; la DC aceptó la Constitución y otros puntos de la llamada “transición democrática”, arrastrando a sus socios; fallaron las tácticas insurgentes del PC y de su aparato armado (descubrimiento de la internación de armas por Carrizal, fracaso del tiranicidio); posterior al atentado se implantó nuevamente el estado de sitio, acompañado de muertos, detenciones y relegaciones.  Dentro del campo popular, aparte de los reveses indicados, sufridos por el PC, el MIR se enfrentó en los hechos al accionar de sus dos líneas internas ( que se habían incubado en un proceso de años), una como vagón de cola de la OB y otra más conspirativa y de guerra popular contra el Estado burgués, restándole incidencia en la movilización y organización de masas.  El PS decantó en dos sectores: uno dentro de las políticas de la OB (PS Briones) y otro más cercano al centrismo (PS Almeyda), de paso por la efímera Izquierda Unida (con el PC y el MIR Renovación).  Muy en general, la izquierda sufrió el fraccionamiento y se fracturó su unidad más ofensiva (fin del instrumento más avanzado del período, el MDP), la derrota interna de sus líneas más consecuentes y la derrota de sus proyectos y tácticas; perdieron su centralidad estratégica y su ligazón con los frentes y el movimiento de masas, cuya conducción paso, sin contrapeso, a la OB y sus aliados de la izquierda “renovada”.   

En esta segunda derrota del movimiento popular lo que resultó vencido fue un inmenso y valioso esfuerzo de unidad y lucha antidictatorial de la clase trabajadora y de las capas aliadas, además de sectores pequeñoburgueses.  Todos estos avanzaron en la conquista de sus derechos conculcados, ejercieron diversas formas de lucha y de organización, aprendieron a luchar en su propio  terreno contra el poder de los aparatos del Estado.  Los sectores más avanzados llegaron a plantearse una nueva sociedad, de características socialistas, al ser derrotada la dictadura.
        

Juan Díaz
Julio de 2002

No hay comentarios :

Publicar un comentario