Traducción
de la Red Voltaire de un trabajo de Alexandre Latsa*, publicado en Sputnik. 06/02/15
Poco antes de la disolución de la Unión
Soviética, Estados Unidos se comprometió a no admitir repúblicas ex soviéticas
en el seno de la OTAN. Y lo que sucedió a partir de 2004 fue exactamente lo
contrario. Alexander Latsa da una revista a esa historia, la continuidad de las
prácticas estadounidenses desde hace 11 años y el carácter ya inevitable de una
nueva guerra fría.
En
medio del glacial invierno ruso de 1990, el extremadamente republicano y
también tremendamente texano secretario de Estado estadounidense James Baker
hizo en Moscú una sorprendente promesa.
Durante
una conversación con Mijaíl Gorbatchov en el Kremlin, James Baker juró con la
mano sobre el corazón que la OTAN no se extendería hacia el este si Moscú
aceptaba que la Alemania reunificada se integrara a la alianza atlántica.
A
mayor escala, aquello quería decir que los «occidentales» no tratarían de
aprovecharse de la disolución del Pacto de Varsovia y de la retirada de las
tropas soviéticas de Europa central. El ministro alemán de Relaciones
Exteriores confirmó aquella promesa a su homólogo soviético Eduard
Chevardnadze.
Posteriormente,
el propio presidente Bill Clinton contó en un libro de su autoría que en 1997
Boris Yeltsin le había pedido que limitara toda eventual expansión de la OTAN a
los ex miembros del Pacto de Varsovia pero que excluyera a los républicas de la
antigua Unión Soviética, como los países bálticos y Ucrania.
Cuando
la nueva Rusia parecía al borde del derrumbe, lo que habría sido el estertor
final ruso se tradujo en la elección de un desconocido: un tal Vladimir Putin.
Durante los 15 años que vinieron después –desde el año 2000 hasta nuestros
días– Putin se empeñó no sólo en reinstaurar el orden y la estabilidad interna
en Rusia sino también en preservar, en lo posible, la compleja relación que
existía entre Moscú y las repúblicas ex soviéticas desde el derrumbe de la
URSS.
Víctimas
de una rara ingenuidad post-soviética, los rusos en general se quedaron por
largo tiempo como hipnotizados viendo como las élites estadounidenses
simplemente no respetaban su propia palabra y comprobando que la promesa de que
«la OTAN no se extenderá hacia el este», que aún resonaba en sus oídos, no
valía absolutamente nada. Por el contrario, la presión estadounidense se hacía
cada vez más grande.