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jueves, 15 de junio de 2017

100 AÑOS REVOLUCION DE OCTUBRE: FINLANDIA 1917, LA OTRA REVOLUCION


La Revolución Finlandesa de 1917

Durante el siglo pasado, los trabajos históricos de la revolución de 1917 se han centrado normalmente en Petrogrado y en los socialistas rusos. Pero el Imperio ruso estaba compuesto predominantemente por no-rusos, y las convulsiones en la periferia del imperio eran habitualmente tan explosivas como las del centro
El derrocamiento del zarismo en febrero de 1917 desencadenó una ola revolucionaria que inmediatamente inundó toda Rusia. Quizá la más excepcional de estas insurrecciones fuera la revolución finlandesa que un académico llamó “la guerra de clases más claramente definida del siglo XX”

En Bandera Roja  -12/6/12

La excepción finlandesa

Los finlandeses eran distintos a cualquier otra nación bajo el mando zarista. Anexionada de Suecia en 1809, a Finlandia se le permitía gozar de autonomía gubernamental, libertad política y, llegado el momento, incluso de su propio parlamento democráticamente elegido. Aunque el zar trataba de limitar su autonomía, la vida política en Helsinki se parecía más a Berlín que a Petrogrado.

sábado, 18 de junio de 2016

LA DERECHA EUROPEA SE FORTALECE

Hitler y enfervorizados seguidores en la cervecería Bürgerbräukeller, 27/2/25

Por ello, no resulta extraño que el asesino de la diputada laborista inglesa Jo Cox la atacase profiriendo gritos ultranacionalistas

“Con Hitler, en la cervecería”

En El Viejo Topo –public. 13/6/16

La extrema derecha europea se reorganiza, se pone al día, actualiza su discurso, intentando aumentar su influencia entre los ciudadanos arrojados a las cunetas sociales por la nueva voracidad capitalista, que, mientras despoja derechos, impone salarios de hambre, condena a los jubilados a pensiones miserables, limita huelgas, intenta destruir los sindicatos obreros, extiende también las ráfagas del miedo al futuro, arrebatando a inmigrantes y refugiados la condición de víctimas objetivas de las guerras capitalistas y de la acción imperial de Estados Unidos y sus aliados europeos, para otorgarles la máscara infame de invasores que llaman a las puertas de Europa, de musulmanes terroristas y de africanos indeseables. Y esos nuevos destacamentos fascistas empiezan a cubrirse, en todo el continente, con las banderas de cada país: porque ellos son los verdaderos griegos, los auténticos finlandeses, los legítimos alemanes, los acreditados franceses, los innegables austriacos.

En Hungría y en Polonia, en Dinamarca y en Holanda, en Austria y en Finlandia, en Estonia y en Eslovaquia, en Lituania y en Grecia, en Letonia y en Alemania, la extrema derecha aumenta su influencia, indagando en los fermentos del miedo y de las viejas identidades patrióticas para construir un nuevo lenguaje que les permita acumular el patrimonio del espanto ante la nueva pobreza, y del miedo ante la invasión de gentes extrañas que esperan ante las fronteras de Europa. La Polonia de Kaczyński se apodera de todos los resortes del país, y, fiel atlantista, introduce en las escuelas polacas la rectitud sombría del catolicismo más estricto, represor y penitente, junto a la nueva sabiduría de la bondad de la OTAN, para que los niños polacos aprendan que la seguridad depende de la posesión de las armas, del discurso guerrero que postula acumular más soldados en el Este; que el patriotismo pasa por acoger tropas extranjeras, soldados norteamericanos que harán frente a la eterna amenaza de Moscú.