Sólo la mancha veo del amor que
nadie nunca podrá
arrancar del cemento, lávenla o
no con aguarrás o sosa
cáustica, escobíllenla
con puntas de acero,
líjenla
con uñas y balas,
despíntenla, desmiéntanla
por todas las
pantallas de
la mentira de norte a sur: sólo veo al inmolado.
“Sebastián Acevedo”, Gonzalo Rojas
Aquel 11 de noviembre de 1983 era viernes.
Alrededor de las 15:00, llegaba hasta las escalinatas exteriores de la Catedral
de Concepción Sebastián Acevedo Becerra, 52 años, coronelino, quien prorrumpe
en gritos exigiendo la libertad de sus dos hijos secuestrados un par de días
antes por la siniestra CNI. Prosigue su denuncia mientras se impregna las ropas
y el cuerpo con combustible, el cual enciende cuando advierte que un carabinero
se le abalanza. Convertido entonces en un remolino de llamas, cruza desacompasadamente
calle Caupolicán y consigue llegar a la contigua Plaza Independencia, donde se
desploma convertido en una pira humana ante la mirada estupefacta de los que
recorrían a esa hora el centro penquista. Su inmolación impactó a Chile y al
mundo.
Con
anterioridad, el 9 de noviembre, civiles no identificados y armados detienen a
dos de los hijos de don Tan: María
Candelaria y Galo Fernando; la primera en Coronel y el segundo en San Pedro.
Durante los dos días siguientes, junto a su esposa Elena Sáez, se había
levantado a las 5 de la mañana a recorrer comisarías y cuarteles, pero en
ninguna parte habían reconocido que sus hijos estuvieran detenidos o les daban
alguna seña sobre su paradero.



