viernes, 16 de diciembre de 2016

CUBA Y LA HUMANIDAD DESPUES DE FIDEL: ALGUNAS VISIONES


“Cuba: Después de Fidel. Dossier”

 En SinPermiso –public. 10/12/16


 “’Contra el polvo del alma’: el legado de Fidel y el futuro político de Cuba”

Rafael Hernández

Fidel montó sobre Fidel un día/se lanzó de cabeza contra el dolor contra la muerte/
pero más todavía contra el polvo del alma
-Juan Gelman

Uno
Los grandes reformadores no siempre se han caracterizado por reunir detrás de sí el consenso unánime de la humanidad, ni siquiera de su propio pueblo. Su mérito no radica en haber conseguido la aprobación universal, sino en haber construido un proyecto incluyente de progreso y justicia social, liberación y convivencia humana —así como sus patrones de medida— cuyo significado real solo puede asentar el tiempo.

Me pregunto qué hubiera arrojado una encuesta nacional del New York Times acerca de Abraham Lincoln, la mañana del 14 de abril de 1865, en víspera de su muerte, víctima de una conspiración esclavista. Me pregunto si habría sido celebrado como el héroe nacional que preservó a la Unión, y la salvó de la ignominia de la esclavitud (el pecado, decía él), al enorme costo de 700 mil vidas, millones de lisiados de guerra, y la ruina de vastos territorios, especialmente, de grandes propiedades y haciendas en el sur –donde la disidencia de la Confederación representaba nada menos que la tercera parte de los Estados Unidos.

Me pregunto si el pensamiento de Lincoln hubiera convocado entonces el halo de reverencia nacional y mundial que adquirió luego, y que solo se vino a materializar en un monumento a la orilla del Potomac, 57 años después.

Los países de nuestro sur que han conocido grandes reformadores, como Benito Juárez o Mahatma Ghandi, saben que tuvieron enemigos atroces, internos y externos, muy superiores por su fuerza y recursos; y que muchos los consideraron obstinados e inflexibles, por su tenacidad, que algunos calificaban como pura terquedad. Fueron precisamente esos rasgos polémicos los que inscribieron sus nombres, más allá de fronteras nacionales, en la historia y el legado común.

Aunque a veces ese reconocimiento se puede demorar. Me pregunto si los racistas norteamericanos hoy mismo ya se habrán reconciliado con Lincoln.

Dos
Las lecciones de Fidel Castro —para Cuba y muchos en el mundo— no son las de la conformidad, el pragmatismo o el fatalismo geográfico. Sucesivas generaciones lo vieron como el rebelde ante el orden establecido; capaz de cantarles las verdades a poderosos de los más diversos signos ideológicos, sin arrodillarse ante ninguno; de ejercer como nadie antes los postulados martianos de “Patria es humanidad” y “Un pensamiento justo desde el fondo de una cueva puede más que un ejército.”

Sus ideas y acciones, incómodas para algunos, no enseñan normas como evitar “buscarse problemas”, callarse la boca ante los intereses creados, esperar que los cambios vengan de otra parte o de afuera.

Como muchos saben, ni en la guerra ni en la paz fue un temerario, sino un estratega minucioso, que evitó siempre riesgos innecesarios; tampoco se comportó en política como un sectario o un extremista, sino como artífice de alianzas que parecían quiméricas,  entre tendencias que a veces llegaban a pedirse la cabeza. Su rol como árbitro entre esas tendencias logró finalmente juntarlas en un mismo partido. Defendió sus ideas con vehemencia, pero no fue dogmático y mucho menos fanático. Utilizaba razones y argumentos extraídos de una vasta cultura (era un lector incesante), donde se reunía el dominio por las principales concepciones políticas de su tiempo, la historia de Cuba y del mundo, junto a ristras de simples datos que podía memorizar con un vistazo, de manera que lograba dejar pensando incluso a interlocutores con ideologías muy ajenas.

Sus principales errores como dirigente se explican por sus propias virtudes. Estaba convencido, como San Pablo y el Che Guevara, que la educación y la dedicación a la obra, en un medio favorable, lograban transformar a cualquiera, y hacerlo un hombre (o una mujer) nuevo. Que la teoría era imprescindible, pero no había aprendizaje mejor que ponerse a hacer las cosas, incluso si conllevaba darles responsabilidades de estado a veinteañeros. Creía que ganando los corazones y las mentes de muchos se podía incluso quemar etapas. Y que esperar a que las condiciones maduraran era puro inmovilismo. Que no era bueno mantener deudas con una superpotencia aliada, aunque para eso todos tuviéramos que irnos a cortar caña; que la ciencia y la técnica eran la base del desarrollo, y que si los simples ciudadanos aprendían de genética pecuaria, íbamos a producir más leche per cápita que Holanda o Nueva Zelandia. Que el socialismo realmente existente en otras partes no era verdad; y que si se relegaba la meta de una sociedad con igualdad, era probable extraviarse por el camino.

Tres
Se repite hasta la saciedad que Fidel era el doctrinario, el intransigente ideológico, y Raúl el pragmático, el político realista. (Curiosamente, hasta 2006, muchos pensaban lo contrario).

En todo caso, la historia nos revela otras cosas.

Los documentos desclasificados de EE.UU. demuestran que él buscó el diálogo con los diez presidentes norteamericanos que le tocaron. Se olvida a menudo que varios de ellos intentaron liquidarlo (no solo política, sino físicamente) una y otra vez. Y que ante la guerra de aislamiento impuesta a la isla, generó un activismo para contrarrestarla, que se revertió en unas relaciones internacionales y de cooperación globales, con gobiernos y movimientos extremadamente diferentes, desde muy temprano, cuando nadie imaginaba la caída del Muro de Berlín.

Seguramente es cierto que Raúl lo supera como administrador, en el sentido de la organización y el gobierno desde la institucionalidad, el cálculo de costos y el control de gastos, el rigor sobre los presupuestos, la distribución de tareas y su chequeo sistemático, la coherencia y la descentralización de responsabilidades, la preeminencia de la ley y el orden como instrumentos de política. Si bien Raúl ha sorprendido a muchos por sus cualidades como estadista, conductor de la transición, digno relevo de una figura desmesurada como Fidel, y muy especialmente, lúcido intérprete de los nuevos tiempos, incluida la dimensión política de los cambios económicos, es probable que el estilo de dirección de Fidel estuviera mucho más cerca de la cultura guerrillera que la del comandante del Segundo Frente.

La mayoría de los cubanos, incluso algunos de sus críticos, concuerdan que, en el ajedrez con los EE.UU., su categoría de Gran Maestro no ha tenido rival. Y que si estamos aquí todavía como país independiente, se lo debemos a él. Muchos dan por sentado que la última negociación con EE.UU. (desde diciembre, 2014) ha contado con su guía estratégica.

Al margen de enunciados doctrinales a los que aportó como ningún otro dirigente, el lado práctico de su legado en política exterior —ante EEUU y otros— se levanta sobre dos premisas irreductibles: no doble rasero, no pre-condiciones. Esa herencia suya es la piedra de Rosetta para entender la lógica y los límites de la política cubana, y poder predecirla.

Ahora bien, nadie debería llamarse a engaño sobre la naturaleza de ese realismo. Ni en ausencia de Fidel ni después que se vaya Raúl, se debería esperar que un gobierno que defienda el interés nacional de Cuba transforme el sistema para contentar a los políticos del Norte o por algún beneficio económico. Mirándolo desde abajo, donde arraiga la cultura cívica cubana, una política que negociara el modelo interno con los norteamericanos perdería su legitimidad de fondo. O para decirlo al revés: cualquier gobierno futuro debe saber que la idea de negociar los temas de política interna con EE.UU. amenazaría un consenso imprescindible para mantener la estabilidad política y hacer avanzar el nuevo modelo socialista.

Cuatro
Un tema reconocido en la agenda cubana actual por el propio Raúl es la cuestión de un socialismo democrático.

El argumento típico que algunos asumen sin más, en el escenario de “una Cuba post-Fidel Castro”, es que su ausencia permitiría avanzar rápidamente hacia una cierta “democratización”. Esta idea, tan convincente para algunos como un buen deseo, padece sin embargo, de ambigüedad conceptual y simpleza política, y más bien puede tener un efecto contraproducente para un socialismo democrático.

Las cinco razones que la resumen no son teóricas o ideológicas, sino de realpolitik:

  1. Malinterpreta el clima político realmente existente en Cuba, al cifrar la agenda de la democracia en la política de partidos, en vez de hacerlo en el poder ciudadano para influir y controlar las políticas desde abajo. Claro que la calidad del proceso electoral, y la superación de sus principales defectos (la nominación cerrada y el voto negativo) son parte integral de esa democratización. Pero más allá del momento electoral, su eje radica en el funcionamiento de las instituciones representativas del sistema político, según son descritas en la Constitución –incluida la transparencia y la rendición de cuentas (eso que en el norte llaman accountability) de todos los cargos elegidos y también de los organismos de la administración central del Estado.
  2. Una “democratización” reducida al multipartidismo implica una lógica “desde arriba”, consistente en que el Partido convierta el orden político actual en un cierto “sistema de partidos” (quizás mediante una negociación inter-elites al estilo post-franquista español), en lugar de promover que el propio PCC adopte un funcionamiento cada vez más democrático, desde sí mismo (como ha planteado el propio Raúl), y en respuesta a sus bases (cerca de un millón de militantes, incluida la UJC), a las actuales demandas y problemas del sistema político y de la sociedad cubana. Se trata de que todos los grupos sociales encuentren su espacio bajo esta institucionalidad, así como que todas las corrientes del pensamiento cubano, ajenas al interés de una potencia extranjera, se puedan expresar y debatir en la esfera pública.
  3. Relega a un segundo plano la condición fundamental de una reivindicación democrática, en los términos del propio orden constitucional cubano: asegurar la participación ciudadana en las instituciones existentes, y sobre todo, en el sistema del Poder Popular, desde las circunscripciones hasta la Asamblea Nacional, de manera que este pueda ejercer el poder que se le reconoce, como columna vertebral de la soberanía nacional. Son canales de esta condición ciudadana, y de sus intereses, las organizaciones sindicales y todas las demás, así como el mismo Partido, no solo es sujeto, sino objeto de los cambios. Antes de lanzarse a un cambio estructural del sistema de partidos, o algo igualmente impredecible, se requiere poner a prueba la capacidad para la participación efectiva en el sistema político existente (no solo en el acto de votar), así como la cuota de poder real de las instituciones representativas sobre la administración y las instancias del gobierno.
  4. Leer la muerte de Fidel como el “momento democratizador”, según hacen algunos, ignora los últimos diez años, llenos de acontecimientos y desarrollos nuevos, la emergencia de un consenso más heterogéneo y contradictorio, la expansión de la esfera pública cubana dentro y fuera de la isla, la naturalización del disentimiento, el relevo actualmente en curso, y la propia índole del proceso político que transcurre bajo el arco de la Actualización del modelo. Esta lectura distante de la desaparición de Fidel lo identifica con una especie de regulador de voltaje, que hubiera dejado de proteger al sistema. Al hacerlo, por tanto, se refuerza una reacción defensiva típica, en las instituciones del sistema y la propia sociedad civil, que tiende a interpretar en clave conservadora el legado de Fidel, en el sentido de promover el cierre y endurecer, a fin de cuentas, las condiciones políticas propicias para el cambio.
  5. Este argumento se salta el papel real de Raúl Castro y el contenido democrático de su plan de reformas, su dimensión política, alcance radical, y convocatoria a la totalidad de la ciudadanía, no solo a los socialistas y a los militantes, en una agenda realmente nacional. Los que no ven contenidos políticos en la agenda real de la Actualización parecen no haber escuchado las instrucciones de Raúl a los dirigentes políticos acerca del diálogo constante con los ciudadanos (más que con “el pueblo”, y nunca con “la masa”), su crítica directa a la ineficacia del sistema de medios de difusión, la toma de decisiones colegiada e institucional, la consulta ciudadana sobre las direcciones principales de la política, la confrontación pública a la mentalidad burocrática resistente al cambio, e incluso algunos temas en el diálogo con EEUU, que no reproducen exclusivamente la existente bajo el mandato del Comandante.
  6.  
El legado de Fidel para el futuro de Cuba, parafraseando al poeta, es que solo sacando el polvo de las viejas ideas se podrá vencer tanto el sentido común del capitalismo como los malos hábitos del socialismo, hacia una sociedad que solo podrá ser más justa y equitativa si logra ser más próspera y democrática.

La Habana, 29 de noviembre de 2016.

***

“Después de la emoción, la reflexión…”

Ricardo Torres

El mes de noviembre de 2016 va a ser largamente recordado por los cubanos. Probablemente va a pasar a la historia como un período de grandes sobresaltos y emociones. Apenas han concluido los nueve días de duelo nacional declarados a partir del fallecimiento del líder de la Revolución Cubana, Fidel Castro. Antes también habían ocurrido otros acontecimientos, entre los que sobresale la elección de Donald Trump como próximo presidente de Estados Unidos. Parece que los cubanos estamos destinados a vivir acontecimientos extraordinarios con bastante regularidad.

En el plano doméstico, el ritmo de las reformas ha decaído. Cuesta nombrar una gran iniciativa en los últimos doce meses. En ciertos ámbitos como la agricultura, se podría argumentar que se ha retrocedido. El aumento de precios (una preocupación legítima) se saldó con un retroceso hacia las mismas fórmulas que no funcionaron antes y que llevaron a emprender las transformaciones en ese sector tan temprano como en 2007. Muy lamentable que la respuesta haya sido esencialmente administrativa, cuando el asunto es uno de economía básica.

Luego de casi siete años de reformas, los resultados económicos tangibles son escasos. La dinámica del PIB no mejoró, como tampoco las bases esenciales de la acumulación, o la vulnerabilidad de la inserción internacional. El desastroso comportamiento de las exportaciones tiene repercusiones de gran calado. No se logró consensuar y mucho menos implementar medidas estructurales para destrabar el sistema productivo. Llama la atención la baja capacidad de implementar iniciativas con un potencial transformativo indiscutible como la atracción de inversión extranjera.

Los documentos aprobados en el Congreso del Partido y luego discutidos en varios sectores de la sociedad cubana deberán ser consagrados por la Asamblea Nacional, y convertidos en políticas de Estado, la parte más difícil. Quedan aspectos prácticos que resolver en el Plan Nacional de Desarrollo hacia 2030, como el establecimiento de metas cuantitativas. El panorama económico actual y las propias debilidades de la reforma implican que los objetivos de desarrollo dibujados por este último, muy ambiciosos, parezcan ahora más lejanos. A ello se agrega el desafío político que supone el relevo de Raúl Castro al frente del gobierno cubano en un cercano 2018. Por si fuera poco, el entorno externo se ha tornado mucho más complejo.

El panorama político en América Latina se ha modificado notablemente. Países con gran peso en el continente como Brasil y Argentina tienen ahora gobiernos de derecha. En el caso del gigante sudamericano, después de la destitución de la ahora ex-presidenta Dilma Rouseff. Esa también parece confirmarse como la opción más probable en Chile y México. En Ecuador y Bolivia, dos países muy cercanos políticamente a Cuba, dos presidentes con una amplia base popular no van a continuar al frente del gobierno por diferentes razones. Es todavía muy temprano para asegurar que sus respectivos partidos tienen garantizada la permanencia en el ejecutivo.

En relación a Venezuela, la situación política sigue siendo explosiva y la mesa de diálogo actual no ha logrado traer más estabilidad. Hace unos días, el país ha sido separado como miembro pleno del Mercosur, a la espera de nuevas decisiones sobre su estatus definitivo. Ni siquiera el signo político del gobierno que emergerá de las próximas presidenciales es posible definirlo en estos momentos.

Por si fuera poco, los problemas económicos acechan también a la región. Es válido apuntar que el desempeño muestra grandes variaciones entre diferentes estados y subregiones, pero la ralentización de la actividad económica es apreciable. Una combinación de los efectos de la crisis económica internacional, la incertidumbre reinante después de eventos como el Brexit y la elección de Trump en Estados Unidos, la mala gestión pública en algunas economías del continente, y el mantenimiento en su mayor parte de un modelo de crecimiento basado en la exportación de materias primas, han pasado factura a las perspectivas de progreso a corto plazo. Tres grandes economías como Brasil, Argentina y Venezuela se han contraído por al menos dos años consecutivos, el declive venezolano puede llegar a cuatro períodos. El futuro se ensombrece para México, que ya sufre la mayor devaluación del peso en décadas. Casi todos ellos son importantes socios comerciales de Cuba. Venezuela y Brasil tienen acuerdos comerciales y de cooperación de amplio alcance que inciden en el más importante rubro de las exportaciones cubanas, los servicios médicos.

El efecto sobre la economía cubana puede ser sustancial. La emergencia de gobiernos de distinto signo político no supone una actitud beligerante de estos hacia Cuba en el plano internacional, pero sí anticipa menor activismo a favor de la mayor de las Antillas y hace menos probable avanzar en acuerdos económicos preferenciales. Aún más cuando esto ocurre en medio de una complicada agenda doméstica para esos gobiernos. Los problemas que atraviesan varios de los socios claves necesariamente debilitarán los beneficios económicos de la cooperación, como ya es visible en el caso venezolano.

Asimismo, la economía mundial no está definitivamente en su mejor momento. La resaca de la crisis de 2008 continúa afectando el desempeño de gran número de países, tanto avanzados como en desarrollo. La desaceleración de la economía china y la debilidad económica generalizada han impactado negativamente en el comercio internacional, otrora fuente predilecta de expansión para el mudo subdesarrollado. Las exportaciones de América Latina arrastran tres años de descenso, y se pronostica que durante algunos períodos el comercio se expanda a tasas más bajas que el crecimiento del PIB global. Por si fuera poco, a falta de las medidas prácticas que tomará su administración, el ascenso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos implica que por primera vez en décadas el líder de una gran potencia se proclama abiertamente contrario a la globalización. Al menos tres grandes iniciativas multilaterales de facilitación de comercio corren grave peligro, al menos en su forma actual: el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), el Acuerdo Transpacífico (TPP), y la propuesta trasatlántica (TTIP). Esto ahondaría el declive del intercambio comercial, lo que es muy mala noticia para los países pequeños en desarrollo, con economías abiertas dependientes del comercio y las finanzas internacionales, entre los que se encuentra Cuba.

En el caso de Europa, el proyecto de la Unión Europea (UE) atraviesa uno de sus peores momentos. Varios gobiernos tienen que concentrarse en acorralar tendencias antieuropeístas en el plano doméstico, en medio de una continua debilidad económica, la crisis migratoria y el activismo yihadista. Esto presupone una menor prioridad relativa para asuntos de agenda internacional con escasa relevancia práctica. Como nota positiva, la UE acaba de levantar la Posición Común sobre Cuba a partir de la firma del Acuerdo de Cooperación.

No obstante, para Cuba quizá lo más relevante llega otra vez desde su Vecino del Norte. La victoria del candidato republicano sorprendió y preocupó a muchos dentro y fuera de la Isla. Después de la sorpresa inicial, se han sucedido algunas señales preocupantes. El nombramiento de integrantes vinculados al ala más dura de la comunidad cubana en ese país para el equipo que prepara la próxima administración, junto a algunas mensajes en Twitter despertaron las alarmas en amplios segmentos en Cuba y en Estados Unidos, que ven con preocupación el retorno de una retórica de Guerra Fría y el daño inminente a lo logrado en los últimos dos años. La afectación puede hacerse sentir en sectores como el turismo o las remesas. Y también conformaría las advertencias de grupos reacios al acercamiento en Cuba, en el sentido de que Estados Unidos no es un socio confiable. Otra vez le daría la espalda a la Isla, precisamente cuando se requiere más integración y relaciones con el mundo, para cimentar las bases del nuevo modelo cubano.

Por ello, los momentos actuales requieren más concentración que nunca antes. Los desafíos son inmensos y el futuro se anticipa cuesta arriba. El esfuerzo de desarrollo tendrá que ser mayor y más efectivo de ahora en adelante. La desaparición física de Fidel no debería ser un pretexto para aferrarnos a fórmulas gastadas que han probado ser inefectivas. Por el contrario, se ha reiterado el llamado a “…cambiar todo lo que debe ser cambiado…”, aunque increíblemente eso se traduce para muchos como continuar haciendo lo mismo o peor, no hacer nada.


***


“Los cubanoamericanos y la política hacia Cuba”

Jesús Arboleya

La muerte de Fidel Castro despertó sórdidas pasiones en la extrema derecha miamense.

Algunas personas salieron a la calle a celebrar con aires de carnaval y los medios locales de información divulgaron todo tipo de improperios contra el líder cubano, dejando la impresión que la mayoría de la comunidad cubanoamericana se opone a las relaciones con Cuba.

Sin embargo, la realidad que se esconde detrás de esta imagen pública es bien distinta, como lo demuestra cualquier investigación seria sobre esta problemática.

¿A quiénes representa la extrema derecha en la actualidad?

Prácticamente todos los estudios coinciden en que su base social ronda el 50 % de los electores cubanoamericanos, en su mayoría personas de edad avanzada, con escasos vínculos familiares y sociales en Cuba, que arrastran  fuertes sentimientos de oposición al sistema político cubano.

También a sectores económicos asentados en el enclave miamense, que a través de estos grupos han logrado alcanzar un alto nivel de control de las estructuras políticas y administrativas de la localidad, lo que explica el éxito de sus candidatos en las elecciones a esta escala y su impacto en la vida política norteamericana, cuando son funcionales a la estrategia gubernamental.

La hostilidad hacia Cuba devino el factor de cohesión social por excelencia para estos grupos, por lo que cualquier avance en las relaciones entre los dos países pone en crisis esta estructura de dominación. A su favor cuenta con la existencia de una cultura de la confrontación, cimentada por más de medio siglo, que abarca a sectores de poder norteamericanos, los cuales han servido de nicho a esta corriente y comparten sus posiciones.

En el otro polo del acontecer político cubanoamericano, aparece una población que responde a otras experiencias de vida y una visión distinta respecto a las relaciones con Cuba. Más que la política o la ideología, toda vez que este interés no puede interpretarse como una muestra de apoyo a la Revolución Cubana, impera en estos sectores una voluntad de convivencia, que se expresa a través de los contactos filiales, sociales, culturales, incluso económicos, con la sociedad cubana.
Encuestas llevadas a cabo en agosto pasado por la Universidad Internacional de la Florida, indicaron que el 55 % de los cubanoamericanos eran favorables de las relaciones con la Isla, mostrando un aumento porcentual en el caso de los jóvenes y los inmigrantes más recientes, lo que permite hablar de una tendencia que se proyecta hacia el futuro.

Aunque no es el único factor, las contradicciones respecto al tema de las relaciones con Cuba explican el incremento de la afiliación de los cubanoamericanos al Partido Demócrata, la cual se ha duplicado en los últimos años, hasta alcanzar un 44 % de los electores.

Pero incluso en sentido favorable a las relaciones también se manifestó un 41,6 % de los que se definieron como simpatizantes de Donald Trump, lo que muestra que esta posición no deja de tener un fuerte respaldo en los sectores conservadores republicanos.

Con vista a tener una visión más clara del diapasón de corrientes políticas que existen en su seno, una investigación pendiente es determinar el apoyo que tuvo Bernie Sanders en la comunidad cubanoamericana, pero es un hecho incontrovertible el resquebrajamiento del monolitismo anticubano, que sirvió de base a la preponderancia de la extrema derecha en el pasado.

Contrario al mito de que los votantes cubanoamericanos apoyaron masivamente a Trump para castigar a Clinton por la política de Obama hacia Cuba, los investigadores Giancarlo Sopo y Guillermo Grenier han demostrado que, a escala nacional, más del 50 % de ellos votó por la candidata demócrata, superando los indicadores históricos de cualquier otro contendiente de su partido dentro de este electorado.

Incluso en el sur de la Florida, donde se concentra el llamado “exilio histórico” y las maquinarias de la extrema derecha cuentan con su máximo potencial, el apoyo a Trump apenas sobrepasó la mitad de los votantes y el candidato republicano perdió todos los distritos con alta concentración de electores cubanoamericanos.

Cientos de miles de emigrantes de origen cubano y sus descendientes viajan al país anualmente, envían remesas a sus familias, incluso invierten en pequeños negocios en el país, para no hablar de lo que ello ha significado en términos culturales y existenciales. En la actualidad, se aprecia un clima donde impera un alto grado de estabilidad en estos contactos, con resultados positivos para ambas sociedades.

Poco se habla de que en el sur de la Florida existe una inmensa red de negocios relacionados con los vínculos con Cuba, ahora incrementada por el aumento de viajeros norteamericanos, los vuelos directos y los cruceros, en su mayoría procedentes de Miami.

Las declaraciones de Donald Trump y el peso que ha dado a figuras de la extrema derecha cubanoamericana en su equipo de transición, hace pensar que se planea una reversión de esta política, cuyas consecuencias serían muy nocivas para la comunidad cubanoamericana y sus familiares en Cuba.

No existe una explicación racional para esta conducta, toda vez que antes ésta no era su posición, el lobby de la extrema derecha miamense no apoyó su candidatura y se está embarcando en una alianza condenada al fracaso, con grupos que muestran un pleno descenso en el respaldo popular y ni siquiera cuentan con el apoyo de los principales empresarios cubanoamericanos, la mayoría de los cuales respaldó la política de Obama e incluso acompañaron el presidente durante su visita a Cuba.

Evidentemente, en la solución de esta ecuación no funciona la lógica de los factores objetivos y de nuevo tenemos que remitirnos a la existencia de una cultura del odio, que se vio exacerbada por un cuestionable morbo triunfalista, resultante de la muerte de Fidel Castro.

La extrema derecha apuesta a la capacidad demostrada durante medio siglo para imponer sus posiciones al resto de la comunidad cubanoamericana. Para ello han utilizado todo tipo de mecanismos de coacción, incluido el terrorismo, creando un clima que se extienden a muchos aspectos de la vida social, donde prima un alto nivel de intolerancia.

En Miami la gente tiene miedo expresarse y ello influye en la percepción de sus sentimientos. No obstante, aunque las apariencias muestren lo contrario, en Estados Unidos la mayor resistencia a esta cultura de la confrontación con Cuba se encuentra precisamente dentro de la comunidad cubanoamericana, porque son los más perjudicados.

Para Cuba resulta muy importante comprender esta situación y actuar en consecuencia. Tanto por interés propio, debido a su impacto en las relaciones con Estados Unidos, como por solidaridad con estas personas y sus familiares cubanos, lo más recomendable sería impulsar medidas que faciliten aún más los contactos, cualquiera sea la política norteamericana.

No solo la ideología une a las personas, también las desgracias, y paradójicamente puede ocurrir que, sin quererlo, la extrema derecha esté contribuyendo a la conciliación entre cubanos.


***

Director de la prestigiosa revista cubana Temas.
Economista. Profesor Asociado del Centro de Estudios de la Economía Cubana de la Universidad de La Habana. Colaborador de la revista Progreso Semanal.
Premio Casa de las Américas. Doctor en Historia especializado en las relaciones Cuba-EE.UU.


Colectivo Acción Directa Chile -Equipo Internacional
Diciembre 16 de 2016

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